Áfricas. Cosas que pasan no tan lejos


Áfricas. Cosas que pasan no tan lejos
Bru Rovira
RBA, 2006

El periodista Bru Rovira ens parla de Sud Sudan, Somàlia, Libèria, i Ruanda, l'estat deplorable de molts llocs de l'Àfrica, però sobretot ens parla de les dures condicions de vida d'aquest continent. En el fons, el llibre constitueix una reflexió sobre la vida i la mort.

En la primavera del año 2003, al regresar de un viaje a la RDC, tuve que ingresar en el Hospital Clínic de Barcelona... Viví aquella enfermedad como un aviso pero, sobre todo, como el precio a pagar por todo lo que había visto.

Sin duda, pensé aquel día en el hospital, la soledad, el miedo, el dolor, son parte del recorrido de la búsqueda intelectual que mueve la aventura. Sin la experiencia del sentir -y no sólo del dolor, sino también del gozo- es improbable que se produzca el fogonazo del saber. Los libros, las fantasías, los sueños, los ideales, el amor, "la pasión intelectual" se convierten en conocimiento sólo cuando les acompaña la "expresión física de la vida": aunque no es imprescindible viajar en trineo hasta el polo Sur, es importante salir de casa...

Me pregunto qué cambiaría de nuestras vidas si tuviéramos presente la realidad de la muerte. Pero me doy cuenta de que nuestra cultura vive tan alejada de la idea de la muerte propia y se nos antoja tan natural la muerte de los demás - los "otros"- que sólo aprehendemos de la experiencia aquello que nos parece provechoso y, así, permanecemos ciegos al único hecho indiscutible de la existencia humana. También pasa lo mismo con el dolor y la desgracia, donde aquellos que sufren se presentan como seres molestos, quizá para apartar la idea de que algo similar pueda ocurrirnos algún día a nosotros, como ya nos sucedió en el pasado: a lo mejor, todo esto tenga que ver con el sentimiento que preside nuestra relación con África, el sentimiento no admitido de que es preferible ignorar lo que no podemos soportar; ignorarlo también porque, de saberlo, no podríamos soportarnos a nosotros mismos.

Ahora, los perros y los niños vuelven a jugar en las calles de Mogadiscio. No es que hayan cesado los combates. Simplemente se ha impuesto el nuevo orden de los Señores de la guerra después de la calamitosa intervención humanitaria internacional de 1992. De hecho, Somalia ya no existe o, por decirlo de un modo más exacto, ha dejado de existir de la manera en que nosotros entendemos la existencia de un país. No hay Estado ni un poder central que unifique el territorio.
Aquella misma tarde, me acerqué hasta las tiendas de los nómadas que vivían algo más lejos que los refugiados venidos de las ciudades y me fijé en un niño sentado en la arena encima del charco producido por sus propias heces; estaba completamente solo, apartado del grupo. Aquel niño que todavía gemía ya había muerto para los demás. Había dejado de existir porque no era suficientemente fuerte para luchar por sí solo y nadie podía hacerlo por él. Según me explicó más tarde Claudia, la coordinadora médica del hospital, los refugiados no ponían nombre a sus recién nacidos hasta que habían cumplido un año y "demostraban" que eran capaces de vivir, que tenían la fuerza necesaria para agarrarse a la miserable existencia que les esperaba.

Mi primera visión de Ruanda es la de un puente y un río. Por encima del puente, una masa inmensa de gente, cientos de miles de personas avanzaban arrastrando todo tipo de objetos. Sacos de comida. Bicicletas. Lámparas. Garrafas de agua. Gasolina. Alguna moto. Ni uno solo de ellos iba sin carga, incluidos los niños pequeños. Y eran muchas las niñas que, además de una cacerola colgada o un paquete de ropa, llevaban a la espalda un bebé para poder ocuparse de objetos mucho más pesados: un colchón o un techo de hojalata. Muchos hombres se ataban la carga al cuerpo con correas y tiras de ropa rasgada. Era evidente que aquella masa avanzaba con todo lo que era capaz de transportar y que caminaba sin fecha de retorno de forma ordenada y bien organizada. Todos los hombres llevaban un largo machete de agricultor en la mano o colgado del cinturón. Debajo del puente, las aguas movidas del río Akagera corrían llenas de cadáveres.

 

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